sábado, 15 de agosto de 2009


Prólogo del nuevo Libro de Michel Azcueta


Escrito por: Maz Hernández


Michel Azcueta ha puesto en blanco y negro un conjunto de reflexiones hilvanadas a partir de su encuentro con nuestro país hace 40 años, adonde llegó por una decisión tomada en medio del tumulto de los eventos de mayo de 1968 en París. Muy pronto se trasladó a Jaén. Fue en esa provincia de Cajamarca, trabajando como maestro, que empezó su aprendizaje “sobre el Perú, sobre América Latina y sobre el mundo”. Eran los primeros pasos de un periplo que luego lo llevaría a Huaraz como voluntario para asistir a los damnificados del desastre natural de mayo de 1970. Así fue tejiendo una red de relaciones con los hilos de su actividad pedagógica y su interés por la política, la naturaleza y las fiestas populares. Maestro comprometido, su visión de la escuela parecía reflejar esa antigua utopía que apostaba por construir una comunidad de quienes enseñando aprenden y quienes aprendiendo enseñan. Sin dejar la docencia, Azcueta se instaló posteriormente en Lima.

Pero vayamos al libro. Los dos primeros capítulos de Libertad para pensar, libertad para actuar dan cuenta de su concepción sobre tareas que competen al Perú, su patria desde que se nacionalizó en 1974. El primero tiene los pies puestos en la tierra, en el aquí y el ahora. El país asediado por crisis y animado de esperanzas, dice, nos convoca a todos: “todos somos ciudadanos, todos somos emprendedores…defensores de un modelo de desarrollo, dirigentes, y, además, todos gobernamos algo”. Al responder a ese llamado, asume una perspectiva comprometida y solidaria desde la que define las potencialidades que podrían permitir combatir la pobreza e impulsar el avance de la comunidad nacional. Azcueta discrepa del modelo económico que orienta actualmente el desarrollo del país por su énfasis excesivo en el crecimiento. Como cree tanto en la solidaridad y en la acción colectiva como en la iniciativa personal y en la importancia de la inversión, propone que los sectores no favorecidos por el modelo aprendan a aprovechar cada una de las potencialidades que ofrece cada localidad, que insistan en las experiencias concretas de éxito de tal modo que se fomente la autoestima compartida. De ese modo se puede vincular lo social, lo cultural y lo económico como el soporte indispensable de las políticas públicas.

El segundo capítulo se abre al futuro y señala algunos retos para el siglo XXI. Empieza preguntándose por el tipo de municipio que es necesario construir. Azcueta considera que los gobiernos locales tienen que añadir a sus tareas tradicionales las de propiciar la cohesión social a través de la participación ciudadana en la toma de decisiones, impulsar el desarrollo económico sostenible y preservar los valores democráticos. Considera que la participación debe basarse en una conciencia clara de los objetivos, de los actores que pueden llevar adelante los procesos y de los deberes y derechos de todos. No es de extrañar que haya concebido un instrumento de desarrollo, el Mapa de la Riqueza, como complemento del Mapa de la Pobreza. Nos cuenta que conforme iba descubriendo y conociendo las potencialidades de las localidades, iba pensando en la necesidad de un cambio de enfoque que permita poner en relieve los diversos recursos y potencialidades invisibilizadas por las carencias. Solo con esta visión binocular se tendrá el conocimiento integral del territorio indispensable para la gestión, la concertación y la participación:

El tercer capítulo es indesligable de las peripecias que ha vivido el autor. El hombre joven que, en 1971, junto con miles de desplazados fatigó los arenales de Lurín entreviendo un horizonte de esperanza, escribe cuatro décadas después, cuando la arena parece haberse vuelto verde, sobre la experiencia de creación colectiva y solidaria de Villa El Salvador. Entre los trazos de la historia de la comunidad urbana que llegó a ser distrito, de las crisis que atravesó y las oportunidades que se forjó, de los avances y retrocesos del proyecto autogestionario, Azcueta bosqueja las reflexiones de quien llegó a ser tres veces alcalde distrital. Las páginas dedicadas a la tarea de capacitar dirigentes para la organización popular lo llevan a ahondar en la psicología del poblador y su lucha épica contra la pobreza.

Mucha agua ha corrido bajo los puentes. Villa El Salvador se fue consolidando. La frase profética que resonó en una misa de Monseñor Bambarén, “Ustedes no son invasores sino fundadores de pueblos jóvenes, de nuevas ciudades” fue cobrando realidad. La comunidad se hizo distrito y Azcueta fue su primer alcalde en las elecciones de 1983 que ganó Izquierda Unida. Parte importante de lo que siguió se dio en medio de la violencia senderista. En tal clima y durante su gestión, Villa El Salvador obtuvo dos importantísimos reconocimientos: el Premio Príncipe de Asturias y el Medalla de la Paz de las Naciones Unidas, ambos en 1987. La violencia terrorista alcanzó su clímax con el infame asesinato de María Elena Moyano, encarnación de la fuerza, el coraje, la unión y la solidaridad, que devino símbolo principal de la gesta heroica de Villa El Salvador. He escrito clímax, no fue así. El horror continuó, el propio Michel sufrió un criminal atentado que lo puso al borde de la muerte.

Incansable, Azcueta siguió en la brega. Fundó la Escuela Mayor de Gestión Municipal que tiene más de una década de funcionamiento, de la cual es director y profesor, y volvió a ser elegido alcalde de Villa El Salvador. En la Escuela Mayor conjuga lo clásico, la dedicación personal a quienes pasan por sus aulas, con la utilización de recursos informáticos que amplían su alcance. Además, tiene una interesante labor editorial que ha permitido la publicación de este libro entre otros textos, documentos y materiales de enseñanza. Años después fue parte del grupo que promovió la creación de la Universidad Nacional Tecnológica del Cono Sur, otro espacio en el cual ejerce actualmente la docencia.

Al cerrar estas páginas queda claro que la experiencia de Villa El Salvador ha sido la inspiración de este libro. La articulación de la educación, la capacitación, el aprendizaje a través de la acción y la autogestión pavimentó el camino hacia el desarrollo industrial del que el distrito es ejemplo. Esta historia de un esfuerzo en pro de la paz y la dignidad de los cientos de miles de personas lideradas por Michel es prueba tangible del “duro deseo de durar” y de la “terca apuesta por el sí” que han impulsado al pueblo peruano aun en los momentos más oscuros y difíciles.

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